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La siesta.
Era la siesta en el verano a la hora sublime el claro para huir la mansedumbre. En el jardín los lirios y un dulzor de medio día brotando del laurel en la vereda.
Era en el transcurso la callada voz del centro que pugnaba… en la cocina un tiempo de parálisis y en el sueño el laberinto con viejas ciudadelas sin reloj.
Era el sopor de las guanábanas blandura de cuerpos y senderos, delicia en el rosal todo capullo, aquella anchura a descollar sin fecha por temprana en el vitral... y el sueño de los perros y los gatos como de palabras tiernas.
Por las calles subían las enredaderas, en los portales la benignidad y las cornisas brotaban del juego en la lisura hasta el naranja ladrillo vertido en cada oscilación de los sillones.
Un joven desnudo y brillante de rostro frutal y ojos de arroz con el cuerpo labrado de fogatas caminaba siempre hacia la puerta.
Maria Eugenia Caseiro De El sopor de las Guanábanas 2004 (Inédito)
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